Crítica: 'El solista'

Publicado por Carles Rull 19 de febrero de 2010


(Contiene ligeros spoilers) De entrada, El solista se inscribe en tres subgéneros perfectamente reconocibles: el de “basado en hechos reales”, con el caso de un virtuoso del violín y del chelo, y de prácticamente cualquier instrumento musical, Nathaniel Anthony Ayers (Jamie Foxx), que padece esquizofrenia y vaga por las calles de Los Ángeles. El de “periodismo de investigación”, por medio de su otro protagonista, el columnista Steve López que lo descubrió por casualidad y decidió relatar su historia al mundo, primero en sus columnas y luego escribiendo un libro, la longitud del título del cual The Soloist: A Lost Dream, an Unlikely Friendship, and the Redemptive Power of Music (El solista: un sueño perdido, una amistad improbable y el poder redentor de la música), podría haber dado para todo un capítulo en sí; y el tercero es el de “interés humano con deficiente con talento escondido”., que le acercaría a películas como Rain Man, El indomable Will Hunting, Shine o Una mente maravillosa.

Pero en esta ocasión, el tercer largometraje del británico Joe Wright seguramente no llegue a satisfacer a casi nadie. Ni al público interesado más o menos en cualquiera de las tres tramas citadas, por su falta de pasión o por contener escenas demasiado extrañas (en el hogar de vagabundos de Lamp, en las visualizaciones de la esquizofrenia de Ayers…) y nada propensas a un sentimentalismo fácil; y tampoco a un espectador más cinéfilo en el que después de las estupendas adaptaciones de Orgullo y prejuicio o Expiación, donde Wright exhibía una excelente asimilación de conceptos de puesta en escena teatrales, debido a su experiencia como director de teatro con las del lenguaje cinematográfico, no ofrece aquí casi inspiración o creatividad. Aunque lo intente en alguna ocasión, la realización de Wright, aún sin caer en la desidia o en lo mediocre, está exenta de lo mejor que podría esperarse de él.


Entre sus ideas peor filmadas está la visualización que hace López, mientras oye la celestial música de Ayers, de una pareja de gaviotas por encima de las casas y autopista de Los Angeles. Un tópico elevado al cubo. Aunque al menos contiene un par de secuencias que si no brillantes bien podrían valer, la del marginal barrio que rodea el centro de acogida para indigentes y enfermos mentales Lamp, visto como un microcosmos de afroamericanos viviendo en el infierno, sin techo y sin futuro, donde las drogas, la prostitución, el dinero fácil o la muerte forma parte, completamente natural y asimilado de su entorno. La miseria concentrada en pocos metros y un rincón olvidado por todos, del mismo modo que arrinconado está un genio como Ayers.

O los flasbacks que recrean como Ayers empezó a padecer su esquizofrenia de manera irreparable, cuando era un joven y prometedor alumno de la escuela de música Julliard, sintiendo como ya no era capaz de separar las cosas en su desorden mental o las voces de su interior le martirizaban, apartándolo de los demás.

Pero la película prefiere seguir los caminos más trillados de los subgéneros, reconduciéndolos y uniéndolos hasta el tema principal, el del valor de la amistad. A pesar de los esfuerzos del periodista por ayudar a su nuevo amigo, descubrirá que éste más que una cura o tratamiento lo que prefiere tal vez sea alguien en quien confiar, que le escuche y le haga compañía sin más, aceptándolo tal como es.

SIN OSCAR, SIN GLORIA

Robert Downey jr. (al igual que Catherine Keener, en un papel secundario, irrelevante, pero aún así estando maravillosa), sigue demostrando que está en su mejor momento, destacando incluso en una interpretación no especialmente pensada para que se luzca, o al menos no tanto como el recital interpretativo que permite el otro personaje, el de un esquizofrénico, que sufre por dentro, que desconfía de todos, que sólo halla consuelo en la música y en el pensar en su idolatrado Beethoven, y a quien encarna sin más alma ni convicción Jamie Foxx. Un material, y un personaje, que hubiera sido sin duda del gusto de la Academia de Hollywood de cara a los Oscar. Su fuste de melodrama humano así lo potenciaba, pero se ha quedado en tierra de nadie, ignorado y debiendo de pasar más de un año para que estrenara en nuestros cines. Como curiosidad añadida, un carrito se convierte en otro de los iconos del filme, el que Ayers usa para guardar y transportar sus pertenencias, coincidiendo, aunque en un contexto e historia muy distinto con el de otro filme estrenado recientemente aquí, La carretera (The Road).






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