La maquinaria publicitaria de Universal está promocionando desde hace meses ‘Los ojos de Julia’, de Guillem Morales, como la nueva película de misterio y terror creada por los productores de ‘El orfanato’. Nada en contra. Hay que vender el producto. Y está la coincidencia con el filme de Bayona de una omnipresente como protagonista Belén Rueda, aquí en un doble papel de dos hermanas gemelas (la Julia del título y Sara). Pero el espectador se encontrará con una película muy distinta, a parte de que no hay elementos sobrenaturales, más bien de psichokiller y psicológicos, en este segundo largometraje de Morales.
A lo que sugiere la promoción le uniré una idea preconcebida mía antes de ver ‘Los ojos de Julia’, la de que quizá se tratara de una premisa argumental algo estirada (que daría para un corto o mediometraje más que para un largo), basándose en la historia de una mujer que se está quedando ciega, pero que antes deberá resolver un enigma: el de la muerte de su hermana, que padecía su misma enfermedad degenerativa, aparentemente por suicidio. Y un juicio de valor
a priori también a descartar. ‘Los ojos de Julia’, escrita conjuntamente por Oriol Paulo y el mismo Guillem Morales, no sólo da para un buen desarrollo de la trama sino que su duración rebasa la hora y tres cuartos.
Material y buen hacer narrativo e interpretativo hay sobradamente. Es toda una notable sorpresa, especialmente si uno le gusta la manera de filmar más clásica y a la vez, lógicamente, inspirada en propuestas más actuales como el
look de la Europa del Este que ha servido a Morales para crear y componer sus imágenes, al igual que, naturalmente, los referentes norteamericanos (‘Sola en la oscuridad’, ‘El fotógrafo del pánico’, ‘El silencio de los corderos’ o, cómo no hablando de intriga, Hitchcock con ‘Sospecha’ a la cabeza, son algunos de los más notorios). Y por su parte, Belén Rueda es capaz de aguantar perfectamente el personaje, y la película, apareciendo además siempre admirablemente encuadrada por la cámara de Morales. Incluso hay un
tour de force arriesgado y digno de mención, el de estar más de 30 minutos (exceptuando los breves pasajes de ensoñación) en el que ninguno de los rostros de los personajes aparece en ningún plano, y que se corresponde con el tiempo (en pantalla) que el personaje de Julia lleva los ojos vendados. Buscando esa identificación con el espectador, la protagonista no puede reconocer las caras de aquellos que le rodean, el espectador tampoco podrá durante estas secuencias.

Guillem Morales exhibe además de una sobria y plausible manera de filmar, el gusto por insertar además otras secuencias “sensación”, capaces de impactar fácilmente y que también serán de las más recordadas, caso de los momentos que tienen lugar en un vestuario repleto de mujeres ciegas y cuyo aspecto aterroriza a Julia (de la misma manera que busca provocar inquietud en el espectador); o el plano secuencia con cámara subjetiva en el que el psicópata de turno se aleja del lugar de su más reciente asesinato pasando entre la gente sin ser ni siquiera advertido, certificando su condición de individuo que pasa desapercibido, “invisible”, propio de una persona que no se hace prácticamente notar entre las demás.
Y hay más, otra tensa secuencia que recuerda a la citada ‘Sospecha’, con Julia en casa del asesino y un par de tazas sobre la mesa; y que juega, narrativamente, con los puntos de vista de lo que ya el personaje de Julia (y también el espectador) y de lo que aún desconoce el personaje del asesino.
¿El problema? Sobre todo un tramo final que sí resulta demasiado alargado, forzado y menos verosímil; con efectismos gratuitos y la necesidad de atar todos los cabos. Precisamente, la repentina aparición y posterior muerte por cuchillo de uno de los personajes secundarios en el hogar del psicópata (y que rompe la elegancia y sobriedad de la película hasta el momento) nos pone en sobreaviso de que la traca final más efectista está por llegar.
Entre sus imágenes
shock está el de un plano detalle de una aguja inyectándose en un ojo. Nada que reprochar si no fuera porque el epílogo de ‘Los ojos de Julia’ prefiere decantarse totalmente hacia la vertiente más romántica del relato, y me temo que el público (puesto que ‘Los ojos de Julia’ es una película que busca primordialmente al espectador) que pueda sentirse atraído por los aspectos más oscuros, inquietantes y en cierta manera también románticos de la trama y sus imágenes no es el mismo que desearía un final que puede antojarse demasiado cursi. Aún así, Guillem Morales se perfila en lo que ya se intuía en su (desapercibido) debut con ‘El habitante incierto’ (2005): un hábil director y uno de los más notables valores en un género en el que siempre se hace difícil innovar.
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