Crítica: '127 horas' - La ficción superando a la realidad


Los premios Oscar, con sus caprichos pasajeros, encumbraron hace dos años al director Danny Boyle y a su 'Slumdog Millionaire' que nos sumergía en la pobreza y miseria en la que viven muchos de los niños de Bombay. Su nueva película, '127 horas', me pareció a primera vista un giro radical con el tipo de cine del británico cuyo mayor obra de culto continua siendo 'Trainspotting'. Aunque, para alguien que ha tocado géneros bien distintos, como el de la ciencia-ficción o varios dentro de una misma película, no es la mejor de las ideas intentar acotarlo en unos géneros o temáticas determinadas.

A Boyle le atrajo esta historia real de un joven alpinista, Aron Ralston (James Franco), que huyendo del mundanal ruido y masificación propias de una urbe vivió una singular tragedia. Su mano derecha quedó atrapada por una roca en el interior de una de las grietas del solitario y apartado Parque Nacional Canyolands de Utah. Durante 5 días tuvo que luchar por sobrevivir, sin comida y apenas sin agua, encerrado en su particular prisión hasta tomar una drástica decisión para intentar salir de allí con vida.

La trama se centra en prácticamente un sólo personaje y en un espacio cerrado en un relato de supervivencia. Todo un tour de force (si no, qué le pregunten a Rodrigo Cortés por 'Buried'), aunque Boyle sí incluye a un gran número de secundarios, el par de chicas con las que Aron pasa unos momentos antes de seguir con su aventura, familiares, amigos, seres queridos y esa primera novia, que se corresponden con los recuerdos que origina su mente para intentar sacar fuerzas de flaqueza. También hay escenarios diversos, la mayoría se corresponden también a esas fugas mentales del protagonista cómo alivio ante la gravedad de su situación.


Así que '127 horas' no pretende ser un ejercicio de estilo minimalista durante noventa minutos, ni su estilo se acerca al que sería más propio de un docudrama realista. Más bien al contrario. Es puro artificio (cinematográfico). Boyle imprime al relato un dinamismo y fuerza inusual: divisiones de la pantalla, montajes rápidos, encuadres imposibles, travellings de vértigo, planos detalle originales... formando un conglomerado en el que, contra todo pronóstico y a ritmo de canciones y música a todo drapo, Boyle realiza su mejor película desde 'Trainspotting', realmente fascinante e hipnótica desde sus mismos créditos iniciales, con un desconcertante sentido del humor y mala leche, y compartiendo con 'Slumdog Millionaire' el ofrecer situaciones al límite y basarse en un hecho real con un componente de heroicidad

Está ese sentido en la creación de imágenes de Boyle, con mucho acierto a la hora de plasmar esa figura solitaria, animada, aventurera y despreocupada de un ágil y atlético Aron Ralston correteando con su mochila o moviéndose por los lugares más ariscos. Y una deslumbrante puesta en escena materializada gracias a la dirección de fotografía de Anthony Dod Mantle y Enrique Chediak dotada de un extraordinario contraste entre tonos anaranjados (los de la tierra del cañon de Utah) y azules (del cielo), y permitiendo ver que tanto Aron como la misma naturaleza son los dos grandes protagonistas de esta historia.

Además, el recurso de Boyle de recurrir a imágenes alucinógenas y planos subjetivos de Aron (primeros planos y también los que éste realiza mediante su vídeo doméstico) se revela una gran idea para intensificar el dramatismo y la tensión, y facilitar la empatía del espectador con el personaje. Claro que todo ello serviría de bien poco si en frente de las cámaras no estuviera un James Franco soberbio (geniales son la secuencias en las que simula un noticiario y él va interpretando diversos personajes, mientras analiza de paso cuál es su delicada situación).

'127 horas' se me antoja sobre todo el triunfo de la forma sobre el contenido. Pero en este caso hay que reconocer que el contenido, la historia y la temática, de desesperación y coraje, aunque de indudable interés humano, no escaparía a los tópicos del género. Es la forma de narrar de Boyle (la ficción cinematográfica) y ese peculiar final de la historia de Aron (la realidad) lo que hacen de '127 horas' una experiencia única, con una realidad superada por la proeza narrativa de su ficción.









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