Extra crítica: ‘Valor de ley’ – Elegía para un género perdido


‘Valor de ley’ (True Grit), la película dirigida por Henry Hathaway que le valió su único Oscar a John Wayne y que adaptaba la novela original de Charles Portis publicada en 1968, es uno de los westerns más queridos por el público norteamericano. Muy bien valorado y que acostumbra casi siempre a aparecer en las encuestas sobre los mejores westerns.

El alguacil Rooster Cogburn, tuerto, borrachuzo, de gatillo fácil y al fin y al cabo un tipo de buen corazón que inmortalizó Wayne es uno de los iconos del género en una película, la de Hathaway, que personalmente nunca me ha entusiasmado, pero que ahí ha quedado, para los anales de la historia del cine. Por ello, esta nueva adaptación a cargo de los hermanos Joel y Ethan Coen de la novela o remake del clásico film de los 60, cómo quiera verse pues bebe de las dos fuentes, para desmarcarse de tan ilustre predecesora intenta ser más fiel al relato original de Portis (la mayor fidelidad a una obra original o bien la inspiración libre, bajo el prisma del propio y original universo de un artista o autor, para recrear de nuevo una obra fílmica suelen ser los dos mejores argumentos para emprender un remake o nueva adaptación).

Al mismo tiempo supone recuperar un género fallecido desde hace décadas, no en cuanto a espíritu, narrativa, personajes, temas o formas, pero sí en estado puro, como es el del western. Y lo que podía ser temible, el posible regreso de los Coen a un cine más convencional y comercial, aunque no pretendieran con ‘Valor de ley’ hacer precisamente la película de éxito comercial en la que se ha convertido (un éxito que les ha pillado por sorpresa incluso a ellos, siendo de largo su obra de mayor impacto en taquilla). Temible porque su “pacto” con las grandes productoras y su (breve) incursión en un cine más comercial se saldó, en la primera mitad de la pasada década, con las dos peores películas de los Coen: ‘Crueldad intolerable’ (2003), una especie de homenaje y nueva versión de las clásicas comedias románticas y del stapstick del Hollywood de los años 30 y 40 en torno a la guerra de sexos; y ‘The Ladykillers’ (2004), remake de una de las obras maestras de la comedia negra británica.

Por otro lado, y afortunadamente, ‘Valor de ley’ se aleja, pese a la dureza que subyace en la trama en torno a difíciles iniciaciones, venganzas, supervivencias, miserias humanas varias y el poco valor de una vida o muerte en un territorio hostil, de las obras más “serias” y reconocidas de los Coen como la oscarizada ‘No es país para viejos’ que tomaba ya los ropajes del western. Es una propuesta sí, más “convencional” y con buenas dosis de humor, pero por suerte para demostrar que en ocasiones el cine más “convencional” puede ser también más interesante que otras obras con el sello “indie” o de “autor”, por mucho que hayan sido premiadas en prestigiosos festivales internacionales marcando las nuevas tendencias a seguir entre una elitista minoría.

EL OESTE DE LOS COEN


Las formas, y sobre todo las recaudaciones tanto en Estados Unidos como a nivel internacional, etiquetan a ‘Valor de ley’ como “cine comercial”, pero del bueno. Las mismas palabras en off que abren sus imágenes nos introducen en ese mundo del llamado salvaje Oeste, donde la muerte acecha en cualquier rincón sea en una “civilizada” población o en un indómito paraje. Un monólogo de su protagonista, Mattie Ross (Hailee Steinfeld de joven, y Elizabeth Marvel a los 40 años) nos habla sobre el asesinato de su padre a sangre fría a manos de un miserable, Tom Chaney (Josh Brolin), de su decisión de impartir justicia persiguiendo, capturando, llevando a juicio y colgando al autor de la fechoría y termina con unas palabras sobre la gracia de Dios, ligadas a otra necesidad, la de la Fe y la religión, tan presentes en el territorio norteamericano y más en un ambiente tan duro y hostil. La misma escena de introducción está visualizada de modo casi teatral, de noche mientras cae la nieve y con un cadáver tendido en el suelo, mientras un travelling y la iluminación de la dirección de fotografía va aproximándonos a la imagen. Crueldad, muerte y poesia aunadas en esta apertura (y una poesía que se repetirá hacia su tramo final, sin desvelar nada, con Cogburn y Mattie cabalgando bajo las estrellas).

Al mismo tiempo, una escena bella que marcará también el tono formal de las imágenes (extraordinaria la fotografia de Roger Deakens), convirtiéndose en una de las películas más pulidas de los Coen, por otro lado, siempre impecables y cuidadosos al máximo con el aspecto de sus obras. La historia, de iniciación a la madurez por parte de Mattie, y de amistad a través de un itinerario, en aras de una misión peligrosa, que pondrá a prueba a sus protagonistas y hacerles compartir momentos peligrosos al borde de la muerte siempre resulta esencial para forjar recuerdos imborrables y amigos de verdad.

Si el trabajo de los Coen es excelente (magnífica es, entre otras, la secuencia de un tiroteo nocturno cerca de una cabaña), no menos su reparto principal. Hailee Seinfeld podría haber sido una Mattee Ross repelente, una adolescente con agallas y que habla y se comporta como un adulto sabelotodo dando de paso lecciones de negocios a hombres curtidos y más veteranos que ella. Sus conversaciones con el ganadero al que su padre le había comprado una partida de ponys la retratan como alguien muy, demasiado maduro, aunque su condición aún de niña irá apareciendo a lo largo de su relación con el marshall Cogburn y el texas ranger LaBoeuf (Matt Damon).

Jeff Bridges se encuentra muy cómodo en un tipo de personaje a su aire, al margen de la sociedad y las normas de la comunidad, desaliñado, despreocupado y adicto a sustancias no recomendables (parecido al neohippie que interpretaba en 'El gran Lebowski', pero en duro), y aunque lleva un ojo tapado es capaz de transmitir todo tipo de sentimientos con el único ojo que le queda sano a su alguacil. Un Cogburn excepcional, apoyado en el reparto por un Matt Damon más débil y caballeroso, que intenta ser igualmente fuerte pero carece del instinto asesino de su circunstancial compañero de viaje y leal a su ética caballeresca, más idealista, de “siempre fiel”.

El espíritu de los grandes directores de western, John Ford (con una imagen, desde el interior de una mina a oscuras con únicamente la puerta iluminada al exterior, recuerda a 'Centauros del desierto') o Howard Hwaks (el sentido de la colectividad y de la amistad) entre ellos; o a los spaghetti western de Sergio Leone (la secuencia, divertida, de Cogburn disparando al aire a unas tortas de maiz, con su gabardina zarandeada por el viento, se asemeja a algunas poses de 'Hasta que llegó su hora') campa entre sus referentes.(1)


Si los Coen tratan con simpatía y condescendencia a los “buenos”, los villanos aunque salgan peor parados tampoco son mostrados de forma maniquea. El mismo asesino Tom Chaney (por cierto, un Josh Brolin increíble) y la banda de forajidos a los que se ha unido son unos pobres desgraciados que no tienen donde caerse muertos, tienen su poso de humanidad y de paso entran a formar parte de esa galería de personajes variopintos estúpidos a los que tanto les encanta reflejar a los Coen.

‘Valor de ley’ tiene su miga y deja al final un poso de melancolía, similar al que la estupenda música de carter Burwell se ha encargado de puntuar en la mayor parte de pasajes (excepto en los más épicos). Una sensación que conecta además con un tono elegíaco, un sentimiento que nos puede dejar el pensar en esos héroes anónimos a los que la Historia olvida o también en el western como género igualmente perdido. Pero ante todo es una demostración de amor por el cine por parte de los Coen que contiene otro valor añadido, el que puede suponer para una nueva generación de espectadores que éste sea seguramente el primer western que vean en pantalla grande.

(1) Un territorio, el de las citas y juegos cinéfilos en el que también hay sitio para David Lynch con el encuentro de Cogburn y Mattie con un extravagante doctor cubierto por una cabeza y piel de oso. Un momento extraño, muy propio del director de 'Una historia verdadera' (The Straight Story) o la televisiva 'Twin Peaks', y que los Coen llevan a su terreno. Mientras en Lynch la aparición del personaje sería una rareza abierta a varias interpretaciones, en el de los Coen, tiene su función argumental para hacer avanzar la acción.









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