Crítica: 'Rango'


El de los camaleones es un colectivo francamente olvidado. Todo el mundo les reconoce su gran capacidad de adaptación, sus enormes dotes para pasar desapercibidos e incluso su útil (y peligrosísimo) poder de suplantación. Pero ya le ocurría a Christopher Chance, que era un camaleón humano: de tanta muda epidérmica al final la propia azotea terminaba por no saber dónde demonios estaba.

Algo parecido ocurre con Rango, que es un humano camaleón. Una especie de pijeras aspirante a Laurence Olivier que un cierto día va a dar con su piel escamosa a un poblado del far west mientras ve como sus sueños escénicos se alejan a escape por una interestatal de la que acaba de caerse. Literalmente. Y entonces empieza la crisis: por mucho que uno pueda cambiar el color de su cutis de azul índigo a azul turquesa, fuera del agua no sobrevive el pez. A menos que se adapte. Y vive John Wayne que adaptarse a un agujero como ese Dirt con toda su habitual flora (cactus, básicamente) y su fauna (también es literal: una lagartija granjera, una tarántula sepulturera, una serpiente forajida, un monstruo de gila cacique malparido, y así) es rematadamente difícil. Pero debe hacerse, aunque al final el ego extienda cheques que el culo no pueda pagar.

Y es que ya digo, lo de "Rango" es una de "desdichado héroe accidental buscando su identidad", y como buen producto de panorama postmoderno que se precie –que también lo es-, reúne todos los clichés del western más "de toda la vida". Ver párrafo anterior.

Asimila esos lugares comunes y los traduce con facilidad (pues eso, camaleónica), en una aventura trepidante y salida de madre, de humor más ametrallado aún y con un punto negroide poco amigo del pastel de crema tamaño familiar. Y algo alérgico también a las modas coyunturales, a las Pirotecnias Humorísticas Shrek de "chistes de temporada". Sí, sin llegar a su suavidad y fluidez, el humor practicado por "Rango" se acerca más al de cierta tropa de juguetes parlantes que al del ogro verde zampaperdices.


Y ojo, que eso de "con menos fluidez" tampoco es necesariamente negativo. Que lo histriónico del lagarto de marras y lo edgy de algunos de sus acompañantes también tiene su qué. "Rango" es pura dinamita fronteriza regada en licor de cactus al que, vale, se agradecerían un par más de muerdos de peyote, pero puede presumir de disparar más rápido y más certero que la mayoría de competidores. En pocas palabras: con "Rango" se goza y se vibra, aunque todo esto se haya visto en algún lado.

Qué narices, pues claro que se ha visto en algún lado ¿no hablaba de clichés? Lo importante es reverenciarlos y dar con ellos una cierta voltereta estilística. Honrarás a tu padre y a tu madre, y por eso la cinefilia que destila "Rango" es tan efectiva, por atemporal: el Clint Eastwood leoniano (triple salto mortal: doblado por el sheriff Bullock, Timothy Oliphant), el John Huston de "Chinatown" y toda la secuencia –un clásico de la parodia- del ataque en helicóptero de "Apocalypse Now" a ritmo de Wagner, solo que sobre murciélago y con arreglos de arpa de boca y banjo. Delirio southern de cuidado.

Hay más: american gothic encarnado en una siniestra secta de topos redneck, búhos mariachis que ilustran a golpe de corrido las miserias y tragedias de Rango, romance de garrafón X-X-X entre el forastero calzonazos que pasa por salvador aguerrido de las buenas gentes de la ciudad y la malahostiense granjera; y hay una aventura desarrollada en una realidad casi mítica, espacio de leyenda americana y tradición country.

Pero hay, ante todo, un pulso tras la cámara contundente y abrasivo, el que ya demostrara Gore Verbinski en algunos pasajes de su demasiado desprestigiada saga bucanera, terreno donde ya empezó a desplegar con cuentagotas algunos de sus delirios visuales de tipo ácido-onírico (mucho LSD veo yo por ahí) y que siguen tomando forma en "Rango". Y hay especialmente una incontestable pericia técnica que pone a los personajes arquetípicos unas pintas hilarantes gracias a un diseño de personajes maravilloso, a un dominio de las texturas y la luz envidiable, todo obra y gracia de los tipos de ILM. O lo que es lo mismo, Industrial Light & Magic y el jerifalte Lucas.

A ellos les debe Verbinski el arrollador look de "Rango", a Depp y Isla Fisher la desbordante humanidad de sus personajes y, no sé, a los siempre cabrones hados de la animación por ordenador que le haya salido un pastiche tan condenadamente divertido, maloliente, entrañable, destartalado y fibroso, todo a la vez.



Por John "Bluto" Blutarsky, de La casa de los horrores




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