Crítica: 'Rio'


Está Pixar, está el estudio Ghibli, y luego ya viene todo lo demás. Vale la pena empezar aclarando la premisa básica del cine de animación actual, antes de hablar de “Rio”, lo nuevo de la empresa responsable de la saga “Ice Age”. Porque de lo contrario, uno puede llegar al final de esta entrada, hacerse con una expectativas desorbitadas y quedarse con un palmo de narices a concluir la proyección. Sí, “Rio” está muy bien, y de hecho es una de las mejores producciones animadas que han pasado por nuestras carteleras recientemente, hasta el punto de poder colocarla entre las primeras posiciones. Pero siempre que se trate de una liga inferior, porque de lo contrario se caería en el insulto hacia los grandes equipos de primera que alinean a Ponyo, Chihiro, Buzz, Woody y a Wall·E (y si me apuran, a cierto dragón falto de entrenamiento que se coló por sorpresa hace algunos meses) en sus filas. Desde un prisma ya ajustado, pasemos pues a las virtudes y carencias de la última colaboración de Carlos Saldanha para la Blue Sky Studios (suyos son todos los títulos que engloba la compañía, salvo “Horton”), para la que ha contado con el guión de un Don Rhymer que viene de escribir “Locos por el surf” y, ay, los trazos principales de la tercera parte de “Esta abuela es un peligro”; y con las voces de Jesse Eisenberg, Anne Hathaway, Jamie Foxx, Will.I.Am y Jemaine Clement entre otros (oh, sí, impepinable verla en versión original).

Un arranque a ritmo de Carlinhos Brown sirve para desvelar prematuramente lo que hace de “Río” una película fundamental para sus responsables. Indica que por fin se ha dado el paso hacia delante, por fin puede hablarse de una película técnicamente acorde con los tiempos que corren. De donde “Ice Age 3” indagaba con atino pero sin apuntillar, “Rio” saca sus mayores virtudes, explotando al máximo el 3D y maquillando sus limitaciones a base de un gusto inesperado tanto en el diseño de producción, como en el dinamismo general con que se desarrolla dicha introducción. Y que por cierto, supone apenas un adelanto de la ligereza con que los 96 minutos de su duración total transcurren, de donde se extrae el otro gran punto a favor que se anota el film: qué entretenido es el condenado. Pueden achacársele diversos borrones a su guión, ahora los veremos, pero vaya por delante que la diversión de niños y adultos está garantizada gracias a su trepidante argumento, a un buen puñado de gags atinados (cada jueguecillo a lo “Mira quién habla ahora”) y a la ternura que destila su fauna protagonista.


Y que no tiene nada que ver con la vertiente humana. En sus personajes bípedos se encuentra de hecho lo más endeble de una película que rápidamente bifurca su atención hacia dos focos argumentales (humanos por un lado, animales por otro) sin que el segundo obtenga jamás esa condición de entrañable que sí se ganan desde el principio los loros, tucanes, monicos y perretes que pululan por pantalla. Así, el interés del espectador no tarda en montarse a una montaña rusa, subiendo a considerables alturas para después caer en picado y volver a subir una y otra vez. Y eso que ambas vertientes son igualmente previsibles y tontorronas. Tanto, que toda la madurez técnica de la que “Rio” farda se echa en falta en un guión eficaz pero sumamente básico, incapaz de otorgar la más mínima dimensión a sus personajes para que eviten ese huracán de clichés al que no tardan en ser sometidos. Hasta que nadie lo remedie, sigue siendo esa la diferencia más evidente entre las ligas a las que me refería al principio...

Pese a ello, la película puede disfrutarse sin problemas. A su diversión general cabe sumar su noble (¡y notable!) intento por volver a los orígenes de la animación sin olvidarse de los tiempos que corren, y eso se traduce en un entramado clásico pero con referencias actuales (aunque algún responsable de “Bolt” podría sentirse ofendido), y en momentos musicales tanto a modo de interludio como de presentación de personajes: vistosa la discoteca animal, literalmente brillante la canción que se saca de la manga Jemaine Clement. Por su parte, no sabría decir cómo le sentará a sus habitantes, pero lo cierto es que el gancho brasileño funciona a las mil maravillas y le otorga un plus a ese espíritu festivo y buenrollista que se establece desde el primero y hasta el último de sus minutos. Y si además el espectador cuenta entre sus mascotas con alguno de los animales protagonistas, apreciará de sobremanera el acierto con que sus costumbres han sido trasladadas a la pantalla. En definitiva, fiesta y jolgorio, congratulación por parte de niños (sobre todo) y mayores. Pero sigue faltando ese algo que convierte hasta a “Up” en un peliculón mientras que a “Rio” y similares las deja en poco más que un pasarratos.

Por Capitán Spaulding, de La casa de los horrores








.

Comentarios

Entradas populares