Crítica 'The Artist': Sobran las palabras.


Al tiempo que me introduzco en la sala en la que se proyecta “The Artist”, extraigo una cinta de vídeo BASF de 180 minutos en el verano de mi diecisiete cumpleaños. Me siento en mi butaca exactamente igual que me acomodo en mi sofá. Las luces se apagan en ambos sitios a la vez, en un arabesco del espacio tiempo, y la misma excitación recorre los dedos de mis pies hasta llegar a mis cejas y provocar que éstas se arqueen levemente. Entonces aparecen los créditos de “Lirios Rotos”, interrumpidos por una niña que salta a la comba, la pequeña reina, que pone fin al espejismo antes de que comience la proyección de “The Artist”.

Tomando como base la arquetípica historia cientos de veces contadas de “Ha Nacido una Estrella”, se articula una vez más la emoción utilizando los ingredientes básicos de toda tragicomedia: éxito, desdén, amor correspondido pero imposible, caída en los infiernos y posterior redención mediante mecanismos tan sutiles, tan milimetrados que permitan a la historia su transcurrir sin que sean necesarios diálogos farragosos destinados a entorpecer el nacimiento de cualquier brote de excitación. Cada gesto, cada mirada, cada movimiento obecede al número aureo que el cine mudo desarrolló hasta sublimarlo en emoción pura. Y de tal información dispone Michel Hazanavicius, su portentoso artesano, quien se ocupa de situar cada plano en el lugar apropiado procurando que su sombra no aparezca en escena para romper un hechizo que se agranda minuto a minuto hasta colonizar nuestras almas mientras modela voluntades en nombre del cine más puro. La consecuencia final es la que nos incita a salir del cine bailando claqué mientras expendemos sonrisas dispuestas a evangelizar a los no creyentes en que el cine no solo no ha muerto, sino que soporta la fe de los que la han perdido. Tan solo se trataba de escarbar entre la basura en busca de un tallo aún fresco. 

Era eso…

El devenir de George Valentin (Jean Dujardin), estrella del firmamento cinematográfico en los fronterizos días que dieron paso al cine sonoro, mientras se cruza, se enamora y se ofusca con la ascendente starlet Peppy Miller (Bérénice Bejo), resulta ser lo menos importante, pues cada uno de sus pasos, cada mueca excesiva, cada vez que sus labios se mueven sin que su voz llegue a nuestros oídos, se está obrando el milagro de la empatía. Eso que a los clásicos les costó tanto aprender, y que los contemporáneos desprecian por anacrónico. A las imágenes de “The Artist”, por mucho que se empeñe su esforzado equipo técnico, les faltan los arañazos de las cuchillas de edición, los estragos en la película fotográfica propios de los embalajes metálicos y los saltos en pantalla propios de un fotograma mal engarzado en la cinta proyectora. Lo demás está todo, hasta el punto de que, si bajamos la guardia (algo recomendable) nos sentiremos trasladados en el tiempo, y hasta seremos capaces de comprender que los silencios a veces duelen y hacen sangrar. Justo lo que cine que nos llega expende con cuentagotas desde hace décadas.

Filmada con honestidad y entrega, “The Artist” distribuye inteligencia y habilidad narrativa tomando los naipes del mismo mazo, como haría el prestidigitador que pretende asombrar, no engañar. Su lenguaje narrativo sirve de ejemplo para ilustrar lo exacto de la planificación de cada uno de sus planos y del lugar que ocupan en la mesa de montaje. Los actores, seleccionados en función de su expresividad facial, aportan alma a una textura que produce excedentes en ese aspecto. Tan honesta, tan curvilínea, tan hermosa experiencia que la irrupción circunstancial de sonido emponzoña nuestros oídos, obligándonos a buscar intuitivamente el refugio del silencio.

“The Artist” ha nacido como generoso presente para todos aquellos que conservan la capacidad de asombro ante los narradores de fábulas. Así se fraguan las obras maestras.






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