Crítica: 'Los descendientes'

Publicado por Xavi Roldán (John "Bluto" Blutarsky) 19 de enero de 2012


Los políticos habían estado prometiendo una nueva pista de aterrizaje en la que los aviones más modernos pudiesen aterrizar. Se hablaba de desarrollo turístico y de regeneración de la isla. (...) Pero las lágrimas no eran por eso, o por él, ni siquiera por ella, sus recuerdos de pareja. Eran lágrimas por su propia estupidez. Y por su arrogancia. (...) Y en los meses y años por venir, esperaba que el dolor le enseñase otras muchas cosas. Ésta era tan solo la primera.
(Julian Barnes, Las líneas del matrimonio)

No se trata de ponerse especialmente existencialista, ni de alcanzar, por la vía piscotrópica que sea, nuevas autoconsciencias, ni de proyectarse hacia ningún estado metaconsciente extraño. Simplemente creo que deberíamos darnos cuenta de que resonamos en el tiempo igual que el tiempo lo hace en nosotros. Que dejamos una impronta en el mundo por venir, que no sólo nosotros somos producto de un pasado, sino que dejamos un legado al futuro. Es una cuestión de pura responsabilidad que requiere una cierta consciencia, nada más. Porque todo es más grande que nosotros, que al fin y al cabo somos insignificantes insectos. Y no es miserabilismo autocompasivo, ni mucho menos un arranque new age, es un simple golpe de sinceridad.

Se necesita mucha para enfrentarse a Los descendientes. Se requiere descontaminación, destierro de cinismos (que, si son necesarios, ya los pone la propia película) y un principio de pureza en la mirada. Porque Los descendientes pone en práctica esa metodología para con su espectador. Ir de cara y hacer oídos sordos a todo el ruido blanco que pueda generarse a su alrededor, habida cuenta de que esta es "la nueva" del creador de Entre copas, archipublicitada, bien ponderada película que unió en una de esas citas periódicas (a una por año, dos a lo sumo) a público, industria (premios) y crítica. Suficiente para levantarle la ceja a unos cuantos.

Pero sinceramente opino que bastante de todo eso nos la debería sudar. Yo propongo una perogrullada: poner en crisis definitiva, o por lo menos en barbecho, nuestros criterios en torno a la radicalidad y la independencia autoral. Asumir que esto último no existe podría antojarse demasiado drástico, demasiado definitivo, una pérdida de la fe en la autonomía del creador que se rendiría abiertamente a la máquina, de pie ante (y a punto de ser zampado por) sus engranajes malvados. Bueno, lo que sea. Pero por qué no desprendernos ya de la idea de etiquetas relacionadas con lo indie, con lo comercialmente legítimo y con el compromiso hacia un ideario: qué narices, un autor sólo se debe a sí mismo. Todo lo demás es taaan Lars Von Trier circa 1995…

Así que a un servidor, y a lo mejor cambio de idea al girar la esquina de la siguiente película, se la va a traer sin cuidado que Alexander Payne sea un tipo más indie o menos, más cool o menos trendy. Más "tiro de George Clooney porque me va a asegurar butaca en el Kodak Theatre". Por lo menos así va a ser mientras este Señor facture cintas tan -ya llego- rematadamente buenas como Los descendientes.

Es esta una de aquellas películas-alcachofa (cebolla habría sido desafortunado) que admiten el exfolio de todas las capas de lectura que se quieran. Mejor, que se necesiten. Es un producto ligero, sí, pero también puede ser una reflexión que abarque desde la cotidianía más inane hasta las grandes verdades de la vida, con lo cósmico como límite, en función de la propia lectura del espectador: si la hay, cualquier insinuación maximalista está planteada, irónicamente, desde la mayor sutileza. Es, vamos, una peliculita sencilla que encierra muchas cosas; una comedia dentro de un drama dentro de una comedia. Un relato sobre la catarsis y sobre lo sublime, entendiendo esto último como lo que podemos controlar y lo que la naturaleza y la Historia controlan por nosotros sin que podamos evitar que la mandíbula del alma nos caiga a los pies. Es un toque de atención entorno a la huella que debemos decidir dejar en este mundo que nos va a sobrevivir a todos. O la mediocridad que podemos optar por legar a nuestros hijos. Decisiones. Azar. Y torrente de sensaciones -donde también puede caber la indiferencia, depende del ancho de banda emotivo que uno pueda compartir con mr. Payne- que vendrá determinado por cada espectador. Será él quien deba decidir qué le inspira todo esto. A mí, responsabilidad, Bob Dylan, mucho Sam Shepard, maduración y autodescubrimiento, Richard Ford, John Cassavetes, Nick Drake, soledad, choque generacional, Seth, Joyce Farmer, toneladas de humanismo, David Milch, Philip Roth y Tobias Wolff.

O algo así. Es lo que me sugiere y con eso me quedo. Porque como digo, a cada uno Los descendientes le supondrá una experiencia propia, pura, de cualquier clase (positiva, negativa, insisto) y probablemente imbuida de su propia vivencia y experiencia. Es el resultado de un trabajo depurado de simplificación de las líneas, de pulido literario (un guión diamantino en su estructura, definición de personajes y construcción de diálogo) que pretende, logra, alcanzar la humildad y la honestidad a través de la transparencia de sus planteamientos y la sinceridad de sus modos. De su claridad expositiva y su diáfana exposición de los sentimientos más sencillos.

Y lo suyo es que el Payne-director no arriesga en exceso, es cierto, no se construye una personalidad autoral basada en la histrionización de sus formas. Pero es que una operación semejante no vendría al caso, desvirtuaría un conjunto que lo que pide es aplomo, serenidad y precisión. Fijarse en el detalle, trabajar la línea clara. Y ofrecer regulares muestras de genio basado en la oxigenación del relato: el momento catárquico del buceo en la piscina o esa secuencia clave, centro temático de la película, en el que el personaje de Clooney toma consciencia de su propia existencia: bajo la atenta mirada de sus antepasados, él, descendiente, es sólo un quiebro de la Historia. La magnificiencia del entorno sobrepasando la ridícula individualidad, en este caso la de un tipo que debe decidir vender las tierras hawaianas que serán escenario de un macrocomplejo turístico. Menos mal que los ancestros guardan el curso de las cosas con el simple peso de sus existencias pretéritas.

Pero igual eso es irse demasiado lejos. Más cerquita quedan cuestiones no por íntimas menos trascendentalistas. El paraíso no es tal, en Hawái existe el estrés tipo siglo XXI, la recesión y los embotellamientos. Y también las crisis de mediana edad que se solventan con divorcios desastrosos -si es que llegan- e incomunicación hacia la prole adolescente. El brete en el que se encuentra el personaje de Clooney, con su esposa en un delicado coma (y varias revelaciones de categoría richter que vendrán después), solo podrá resolverse con la toma de responsabilidad, con el crecimiento personal y la colocación de Cada Cosa En Su Lugar.

l resultado de todo ello, una película sobre la verdad y de verdad. Que transmite calor, que divierte genuinamente y es capaz de emocionar como pocas, con armas sencillas y recursos clásicos. Con un dominio metronómico del hecho cómico y del giro dramático.

Y, en fin, no me resulta agradable apedrearme mi propio tejado, pero llegados a este punto igual aconsejaría un cierto relativismo hacia mis propios argumentos. No dejéis que un torrente de palabras encadenadas más o menos torpemente os condicionen la experiencia. Los descendientes se vive con mucha más sencillez que todo esto y llegará hasta donde uno permita que llegue, independientemente de las palabras y las valoraciones que se viertan respecto a ella. Pero eso es porque la película nace desde una especie de hipotético punto anatómico intermedio donde se cruzan todas las funciones vitales, sensoriales y racionales. De modo que anda por su propio pie con total autonomía y, a pesar de lo que pueda parecer desde el exterior, no se casa con nadie ni con nada.

Por eso, con todo, Payne se las apaña para parecer avant la lettre cuando su discurso es más viejo que el mundo (justa esa es la clave y la tesis) y su metodología y artillería formal muy tendentes a una especie de clasicismo independiente. Pero ya me diréis, esto pasado mañana puede ponérsenos perdido de trascendentalistas feel-good y de una nueva, enésima camada de hijos bastardos de la filosofía Payne. No sería la primera vez pero, de nuevo, sería él the one and only. Y a eso, señoras y señores, yo lo llamo ser un indie.

Aunque, de todos modos, ya digo yo que qué más dará.

Por Xavi Roldán (John "Blutarsky") - (Blog: La casa de los horrores )










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