Crítica: 'Promoción fantasma'


Los ejercicios de revisionismo no siempre salen bien, pero no tienen por qué salir mal.  Promoción fantasma es un claro ejemplo de revisionismo bien llevado a puerto. Tendrá sus fallos, tendrá sus aciertos, pero se trata por encima de todo de una película muy entretenida.

El género high school ha reinventado las relaciones sociales por méritos propios. Desde las ácidas visiones que se han ofrecido en el submundo de las leyes del instituto, con su sarta de clichés, prototipos y moralejas, lecciones vitales de superación y otras convenciones, a las aproximaciones desde el drama (Mentes peligrosas, Elephant), la comedia (Chicas malas, 10 razones para odiarte), el musical (Grease, High School Musical) o, en el caso que nos ocupa, en un segundo plano, el revisionismo.

Entre la parodia y el homenaje, Promoción fantasma se atreve a contarnos muchas historias a la vez, y logra que éstas funciones a diversos niveles sin escapar del conjunto. Por una parte, nos sitúa en el punto de vista del mentor-medium, encarnado por el actor-buena-gente del cine español, el maravilloso Raúl Arévalo; esta trama entronca con la de otra joven y versátil actriz, Alexandra Jiménez, directora del centro afectado por fenómenos poltergeist. A raíz de la actividad paranormal, el instituto se encuentra al borde del cierre, de modo que sólo la llegada del profesor capaz de contactar con los espectros de los cinco jóvenes fallecidos parece la solución a dicha crisis.

La película abre con una espectacular escena que supone toda una declaración de intenciones: un baile de instituto ochentero donde se nos presenta al protagonista cuando aún era un adolescente, en medio de una alambricada coreografía. Sin duda, una escena a la que no estamos acostumbrados en el cine español, llevada a buen puerto por un director que conoce el género y se mueve por él entre homenajes a El club de los cinco, Carrie, Los Cazafantasmas, etc. Esta relectura del cine ochentero supone un aliciente para quienes hemos disfrutado del cine familiar tan característico de la época. A pesar de tratarse de una comedia, la trama incluye varios hilos decididamente dramáticos (el posible cierre del centro, los sueños incumplidos de los fantasmas adolescentes y los miedos personales de todos los personajes, el choque intergeneracional), lo cual dota de entereza a los protagonistas y al conjunto.

Cabe destacar a todo el reparto, en especial a Arévalo y Jiménez, así como a la joven Aura Garrido. Los cinco actores que interpretan a los cinco fantasmas cumplen con creces y hacen a sus personajes humanos, pero ante todo existen tres robaescenas a lo largo de la película: Silvia Abril (del Terrat) y los chanantes Joaquín Reyes y Carlos Areces, quienes aportan los mayores momentos cómicos al film.

En cuanto a los enormes aciertos de la película, la principal virtud es que logra retomar el espíritu del cine palomitero de los ochenta con un ritmo endiablado, una realización ágil y ambiciosa, un guión bien planificado y todos los ingredientes en su justa medida. Todo ello, claro está, aderezado con una banda sonora fresca que supone el principal puente entre las tres décadas que refleja la cinta.

En pocas palabras, Javier Ruiz Caldera parece enamorado de la tradición estadounidense (ahí está Spanish Movie, su anterior película, para ilustrarlo), pero logra imponer el carácter español gracias a una combinación de elementos que conectan en armonía. No es ningún descubrimiento, le falta bastante mala leche, pero sólo la ambición de la propuesta es motivo para ir a ver Promoción fantasma. Unas risas.










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