CRÍTICA: 'MI SEMANA CON MARILYN'

 


Hay películas que hay que ver por la producción, por un guión excelente, incluso por una trama prometedora. Luego están las películas que se encuentran al servicio de un actor. Hollywood suele premiar las cintas de autobombo (desde Sunset boulevard a la tan en boga The Artist) y es un universo mitómano por definición. Después de todo, son sus ídolos los que le inyectan la sangre que hace nacer la magia. De todos los mitos hollywoodienses, es probablemente el de la tentación rubia, Norma Jeane Baker, Marilyn Monroe el más brillante e imperecedero.

 Hacer una película sobre ella no sería demasiado original, ni siquiera demasiado fácil, dada la turbulenta vida de la estrella. Es por ello que los responsables de la historia prefieren centrarse aquí en una etapa concreta, para más inri el rodaje de El príncipe y la corista. Por tanto, aquí lo importante es ella. Marilyn. Michelle. Monroe. Williams. Un papel que muchas actrices ambicionarían (a saber, Scarlett Johansson, en principio la propuesta más lógica, rechazó el papel), y que al final llegó a manos de una de las actrices más eminentes de su generación, Michelle Williams, que se está labrando una carrera de aúpa (Brokeback Mountain, Synecdoche New York, Blue Valentine) plagada de nominaciones y premios. Y funciona. A pesar de que el parecido físico de ambas actrices no es tan pronunciado como cabría esperar, se nota el trabajo actoral en los gestos, en la actitud del personaje, y llegado un punto de la película, sólo aparece en pantalla Marilyn, pero no la Marilyn glamourosa e inalcanzable, sino el reducto humano e insecuro en que se había convertido la estrella tras su periplo en la meca del cine.

 La historia narra el rodaje más difícil de la actriz, dado que se trataba de un proyecto financiado por su productora donde trataba de hacer entender al mundo que era una actriz seria con más registros que el de rubia tonta que la había lanzado a la fama. Por si fuera poco, presenta a una Marilyn recientemente casada con el escritor Arthur Miller, un matrimonio que nunca funcionó del todo, y un rodaje en un país extraño, con actores de teatro y tradición clásica como son los británicos. Ahí estaba, por ejemplo, el partenaire de la joven, un Laurence Olivier al borde de un ataque de nervios. ¿Qué sucede? Por si la historia no tuviera suficiente miga con el componente cinematográfico, se le atribuye a la actriz un romance furtivo (y supuestamente real) con un joven figurante de la cinta. Esa parte, que no tiene ni pies ni cabeza, pretende dotar de emoción al conjunto de la película.

Cabe preguntarse, no obstante, si la figura rutilante de Marilyn puede servir de pretexto para una obra que, más allá de la humanidad, de la joven actriz, no da la talla, si esta película supone un favor o un tropiezo a la memoria de la estrella. Además, el hecho de desaprovechar a un reparto tan potente como el de la cinta no puede pasarse por alto. Sólo Keneth Branagh parece estar al nivel de Williams, pero otros rostros como Judy Dench, Toby Jones, Emma Watson o Julia Ormond pasan sin pena ni gloria.
Por lo demás, la puesta en escena es bastante convencional, y aunque la imagen de Marilyn Monroe seguirá pareciéndonos atractiva, hay que convenir que ella merece más. Más atrevimiento, más técnica, más gancho. Una película correcta que basa su existencia en la portentosa fuerza de una actriz a la que aún le quedan muchas lecciones de cine que darnos. Una película que es, después de todo, Michelle Williams.

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