CRÍTICA: 'ELS NENS SALVATGES'



Patricia Ferreira tiene a sus espaldas una trayectoria interesante, y nos lo vuelve a demostrar con esta película sobre la dificultad de ser adolescente hoy en día (si bien nunca fue fácil), con un realismo asombroso frente a las licencias que se toma todo el mundo al retratar la adolescencia, aquí lejos de la ensoñación y la idealización de dicha etapa vital.
De entrada, los tres chavales protagonistas son adolescentes en la realidad. El enorme acierto de casting dota de verosimilitud a la propuesta, ya que para narrar el día a día de tres jóvenes cualesquiera, sus botellones, sus clases, sus conflictos familiares y malos hábitos, hay que contar con verdaderos adolescentes.
El otro gran acierto es la narración, sin duda el aspecto en el que más arriesga la directora sin descubrir la pólvora. Comienza con el relato fragmentado desde la perspectiva de los tres protagonistas, de modo que para tener el panorama completo es preciso unir los tres puntos de vista. También, al alejarse de ellos para complementar la situación de los chavales con la aportación de familia y profesores (una de las escenas más interesantes tiene lugar durante un claustro de profesores) y, en última instancia, el empleo de testimonios a cámara en una especie de flashforward que crea una tensión creciente poco a poco, de modo que el interés por la historia aumenta para saber cómo se resuelve la aventura de unos espléndidos Albert Baró (El cor de la Ciutat), Marina Comas (Pa negre) y Àlex Monner (Herois).
¿Qué cuenta Los niños salvajes? La historia de tres amigos, Àlex, Gabi y Oky, unidos por su afición a los grafitis, sus pequeñas perspectivas de futuro y problemas de origen académico y familiar. Con tres perfiles muy bien definidos, sirven las tres historias para cubrir un amplio espectro de espectadores que podrían empatizar con uno u otro protagonista, sobre todo porque la historia de todos es próxima a la vida, dramática al fin y al cabo, pero sin los artificios de producciones sobre este sector de edad (todo lo contrario a American Pies y otras tramas pasadas de rosca).
No obstante, se le podría exigir a Ferreira más riesgo en la dirección, cuyo mayor atrevimiento se limita a introducir cámara a hombro entre los chavales para incluir al espectador en su universo, cuando la narración pretende innovar. Los tres protagonistas son maravillosos, en especial Àlex Monner, al que conocíamos ya de la serie Polseres Vermelles, y los diálogos cobran en catalán una frescura inusual, lo cual es de agradecer.
En pocas palabras, Los niños salvajes es una buena película, no memorable, pero sí una declaración honesta a lo que significa la adolescencia y sus complicaciones reales. ¿Se le podría exigir más? Sin duda. ¿Defraudará al espectador? Difícilmente.


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