Crítica: 'Blancanieves' de Pablo Berger

Publicado por Xavi Roldán (John "Bluto" Blutarsky) 18 de septiembre de 2012


A pesar de que va en contra de todo esto, de que es la antítesis de lo que hacemos por estos lares (llámesele informar, por ejemplo) y a riesgo de sonar timorato, mi intención inicial es no hablar demasiado de Blancanieves. Y es así por una simple razón: hay que verla, paladearla, saborearla y emitir cada uno su propio juicio, que no necesariamente tiene por qué ser positivo, ojo.
Porque el puro análisis llevaría la cosa por cauces que, esta vez, no sé si serían muy pertinentes. Los lodazales de La Puesta en Contexto. El citado de referentes, de datos, de números insignificantes. Empezaríamos hablando de cómo Pablo Berger tardó más de lo sensato en dar continuación a su notable debut Torremolinos 73, hace demasiados años. De cómo se enfriaron los entusiasmos hacia un director que prometía cambiarle un poquito la expresión de la cara al cine español. Y nos sorprenderíamos por el camino tomado, el más pedregoso de todos, ahora para su retorno. Porque The Artist sienta un precedente popular en un terreno que Guy Maddin pisó hace ya bastante tiempo: el de la adopción de los modos del cine no sonoro como andamio formal para una historia que pretende haber sido rodada hace noventa años.


Claro, a Berger le cayó un desagradecido sambenito con el estreno de la de Hazanavicius, lo suyo no tenía nada de oportunismo. Sus intereses son aparentemente parecidos, pero notablemente distintos al fin y a la luz de los resultados. Su abanico de padres creativos -por lo menos en esta ocasión- es mucho más amplio, lo cual nos llevaría a citar una retahíla de nombres ilustres. La lista es larga. Murnau, Dreyer, Griffith, Stroheim, Epstein, Eisenstein, Browning, Malraux, Pabst, Buñuel, Val del Omar. Todos ellos pueden funcionar como referente directo y, a la postre, como homenajeados en este gran lienzo cinéfilo que es Blancanieves.

Bien, convenientemente apuntado. No obstante, como reseña, todo muy frío. Porque por otro lado, una segunda vía analítica nos conduciría por los terrenos de la emotividad, de la emoción pura, de la sugerencia emocional. Y servidor de esta ha encontrado mucha en Blancanieves. Se ha encontrado con un caudal expresivo rebosante, sobrepasador, casi inasible de la pura emoción. Muy ligado a mis propias experiencias cinéfilas que, por lo que veo, son parecidas a las de Berger: más allá de lo superficial, de lo epidérmico del gimmick españolista y taurino (uno podrá o no conectar; yo, rotundamente no) y del enfoque tradicionalista del relato (Sevilla, años 20, me diréis), las imágenes de Berger se muestran inabarcables, rebosantes.



Aquí, y ya estoy en mi propio terreno subjetivo, toda la lista de nombres cobraría sentido emocional. Tirando de clásicos indiscutibles de la Historia del cine, Blancanieves se me muestra voluptuosa, preciosa en sus escapes expresionistas que basculan entre Amanecer y El último. Solemne y espiritual como La pasión de Juana de Arco. Humanamente épica como El nacimiento de una nación o Avaricia. Fantasmagórica como La caída de la casa Usher. Tan audaz en su aproximación al formalismo y la métrica de planos como Octubre. Y llena de guiños visuales, o inspirada directamente en la iconografía de La parada de los monstruos, La aldea maldita (versión años 30), La caja de Pandora, Las Hurdes o el Tríptico elemental de España. En otras palabras, y adelantándome a posibles polémicas: un terreno expresivo que The Artist ni se molestó en olfatear. O, dicho de otra manera, un acto de amor cinéfilo como pocos se recuerdan en los últimos años.

Pero, de nuevo, eso podría ser una nueva caída en el excesivo raciocinio. Y ello podría conducir a preguntas algo capciosas: un sobresaliente por el homenaje pero, ¿hay algo más? Intento explicar ambas cuestiones en una sola idea: Blancanieves es una versión libérrima del cuento (se extiende hacia atrás en el material original para contar la historia desde antes del nacimiento) que acaba por convertirse en un drama muy español, pero muy universal. Que trata emociones y géneros de manera abierta y receptiva y construye iconos y personajes para el recuerdo, el más aplastante de todos ellos, esa madrastra de Maribel Verdú. Que no teme parecer siniestra, triste o divertida en ningún momento y que articula sus diferentes tonos y texturas con la facilidad de una historia para niños. Oh, por supuesto, la película no es para niños: su impacto formal es tremendo y su visión de una España, de la Sevilla de Machado, taurina, tierra sin pan (no para todos), de la vida en carromato, admite análisis muy vitriólicos entre los que cabe, por cierto, uno al famoseo rosa.


Pero desde luego, nadie puede sentirse rechazado de entrada por su historia, ni tampoco por la manera con la que Berger maneja los símbolos, metáforas y recursos líricos. Por cómo hace suyos los giros del cuento y en ningún momento, aunque aquí quepa sainete y esperpento valleinclanesco, se engole en sus propios referentes y contexto. Por que al cabo, esto es cine popular, populista y para el público.
Así que conviene olvidar todo lo dicho que, ya digo, forma parte de mi propia recepción del producto. Al contrario, cada uno debe dejarse llevar por estos cien intensos minutos impecablemente realizados e interpretados (Josep Maria Pou también está inmenso) bañados por esta fotografía expresionista, acariciados por la banda sonora voluptuosa de Alfonso de Vilallonga y por las canciones vestidas de la voz prodigiosa de Sílvia Pérez Cruz. Bucear en esta experiencia tan ajena a las palabras (no es un juego de ídem) como generadora de pensamientos, reflexiones y recuperaciones mitómanas: al fin y al cabo, empezaba estas líneas rehusando hablar demasiado y al final la cosa me ha encendido la verborrea, me ha ido estirando inevitablemente hasta la reflexión. Pero es lo que tienen las grandes películas, que a uno le ponen las neuronas a ebullir sin que pueda hacer nada por evitarlo. Y cuando todo ello se mezcla con la emoción, ah, entonces ahí tenemos algo especial.

Muy especial.


Por Xavi Roldán ( La casa de los horrores )













1 Comentarios
  1. Jon R. R. ha dicho,

    Madre mía, madre mía, han aumentado mis ganas de verla exponencialmente. El sábado la ponen en el Zinemaldi...

    Publicado el 20 de septiembre de 2012, 8:42

     

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