CRÍTICA: 'WEEKEND'


El amor. Y ya. Parece fácil hacerlo cine. Nora Ephron lo hacía. Incluso un tipo duro como Clint Eastwood nos entregó la más imperecedera historia de amor en Los puentes de Madison. Pero hay otro amor, y es difícil. El amor que queda de puertas para adentro (En la cama, Habitación en Roma, 9 Songs), donde todo cobra forma de cuerpos y confesiones.

Anteponer ese amor al duro Londres contemporáneo, esa ciudad donde los barrios están hechos de monstruos de apartamentos grises, donde las personas no coinciden, no paran, huyen de un destino de la ciudad a otro. En Londres no cabe el amor. Y sin embargo...


Andrew Haigh nos regala esta historia de amor, su segunda película. Ya en la primera, Greek Pete, se entreveía la sensibilidad con la que trata las relaciones y a sus personajes, pero es ésta, Weekend, la verdadera revelación a la hora de plasmar en pantalla grande el amor. Se trata del amor de Russell y Glen, dos chicos londinenses que se conocen una noche de borrachera cuando la esperanza en la discoteca ya estaba perdida. Y se acuestan. Y despiertan juntos. Y hablan, hablan, y se dan los teléfonos. Y ahí comienza un fin de semana de confesiones, sexo y amor en el que ambos irán conformándose como una entidad transparente y llena de verdad.

Parece poco, ¿cierto? Dos desconocidos que se conocen y en muy poco tiempo intiman de forma enloquecedora, febrilmente romántica. El referente más claro es la trilogía de Linklater, en especial la primera parte, Before Sunrise. Luego, por la parte más sexual, las ya citadas En la cama o 9 songs. Sin embargo, aquí hay algo. Algo. Algo. Me lo creo. Te lo crees. Se lo creen. Es amor, por una vez es amor, no sólo un reflejo del amor en el celuloide. Esto, claro está, sería imposible sin el excepcional trabajo de los protagonistas. Tom Cullen y Chris New, dos actores formados en el teatro, prácticamente debutan en el cine con esta cinta arriesgada. Brilla en especial Cullen, con esa infinita capacidad de provocar vulnerabilidad y ternura, pero insisto, verdad. La falta de pudor, la total entrega de ambos actores supone un compromiso tan firme que sostienen ambos la carga de la propuesta. ¡Joder, tenían que ser británicos!

El director opta por entrar en sus vidas, en sus casas, su cama, cámara en mano, cercana, como ya es habitual en el cine de corte independiente. No obstante, donde muchas cintas resultan falsas, aquí todo el aspecto documental funciona. Sólo salimos de la intimidad de la pareja para escapar de ese microuniverso y contextualizar la frialdad de la ciudad, el mal de vivir a diario fuera del amor, sobre todo cuando se es homosexual. Ojo: no digo que sea esto un panfleto, ni mucho más, pero es inevitable que se cuele la sombra de la homofobia de una sociedad aún en proceso de depurar su tolerancia. Con esto, no es como Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005) cuyo conflicto principal partía de tratarse de una relación entre dos hombres.

Weekend es una historia de amor. De cómo aparece cuando nadie lo espera, se planta entre dos cuerpos y se extiende como petróleo en el mar. Y de cómo el mar ansía que nunca se disuelva. Una lástima que hayamos tenido que esperar dos años para ver esta maravilla en España. El amor, digo. El cine.












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