En primera fila: 'Los amos de Brooklyn' - Infierno para policías


Hay en ‘Los amos de Brooklyn’ un pesimismo y una desazón vital que desgarra el alma. Sórdida, directa. Aunque, en tiempos duros, ¿hasta qué punto sentimos necesidad de acercarnos a este tipo de propuestas? La búsqueda del contacto con la realidad nos trae estas miserias, aunque también es cierto que lo sórdido, lo triste, lo duro se ha convertido en un estilo cinematográfico.

Las calles, los sucios apartamentos, los despachos y las mismas taquillas de los policías, todo huele a mugre. Tampoco pasa desapercibido el que su director, Antoine Fuqua, haya intentado revivir sin tapujos el que ha sido su mayor triunfo, comercial y crítico, hasta el momento, ese ‘Día de entrenamiento (Training Day) que le valió el Oscar para su protagonista, Denzel Washington.

Aquí con tres polis de Nueva York en el distrito con más índice de criminalidad de la metrópoli norteamericana, el sector de Brownsville, al este de Brooklyn, que podría declararse zona de guerra y agravada en el momento en el que un agente de la ley corrupto mata a un muchacho negro con futuro prometedor. Un lugar... una cárcel... en el que narcotraficantes, camellos, prostitutas y proxenetas campan a sus anchas en un panorama cotidiano en el que nadie parece inmutarse por coexistir en el mismo corazón del crimen, donde las personas son meras mercancías: carnaza de drogodependencias o de bandas armadas, y las mujeres simples cuerpos a los que explotar lúbricamente.

En el lado de la ley y el orden, las cosas no están mucho mejor. ‘Los amos de Brooklyn’ a través de sus tres protagonistas acentúa lo irremediablemente desagradecido que resulta el trabajo de policía.

Pese al riesgo y responsabilidad que conlleva, está demasiado mal pagado. Salvatore (Ethan Hawke), Sal para sus amigos, es un aguerrido detective de la brigada de narcóticos que ha cruzado los límites de la ilegalidad. Su obsesión es intentar conseguir dinero fácil con el que comprar una casa más grande y mejor para su familia e hijos.

Como policía, uno puede llegar a realizar auténticas proezas, implicarse en casos en los que su vida pende de un hilo, en el que cualquier momento puede ser liquidado; no obstante, ello ni siquiera se recompensa con el reconocimiento de sus superiores. Clarence “Tango” (Don Cheadle) ha logrado infiltrarse en una banda de narcos negros, en pos de una recompensa en forma de ascenso en un cargo de despacho. Pero no sólo comprobará que cada vez se siente más identificado con el mundo de los criminales sino que su ética se pondrá a prueba por la lealtad que siente hacia un pequeño capo de la zona, Caz (Wesley Snipes), que le salvó la vida en una ocasión.

Y al cabo de los años, después de coleccionar tantas vivencias como policía, lo único que parece quedar es un poso de amargura, de tremenda decepción. Lo que importa es salvar el pellejo un día más. Eddie Dugan (Richard Gere) está a punto de jubilarse tras 22 años de servicio. Su hoja de servicios no es todo lo impecable que uno quisiera, tampoco se ha ganado el respeto de sus compañeros. Ha sido un agente mediocre.

‘Los amos de Brooklyn’ nos conducirá hasta un final con aires de tragedia griega y también una redención, dejando el poso de una película más que aceptable, pero no memorable. Busca la esencia de grandes obras del género, sean la extraordinaria ‘El príncipe de la ciudad’ de Sidney Lumet o la icónica ‘Taxi Driver’ de Scorsese. Tiene deseos de trascendencia sin que, finalmente, el material final sea lo esperado.

Sin embargo, si ‘Los amos de Brooklyn’ se hubiera estrenado hace 20 o 40 años no hubiera pasado tan desapercibida como ahora. El cine, y sobre todo la revolución en cuanto a forma y contenidos que han significado muchas series de televisión, desde ‘The Wire’ a ‘Boardwalk Empire’, también nos hace a nosotros como espectadores estar demasiado de vuelta de todo en cuanto a ficciones en la pantalla. Y es que ni tan sólo las escenas con morbo, por sus relaciones sexuales, entre los personajes de Richard Gere y Shannon Kane, una prostituta, han sido capaces de levantar polvoreda.












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