Retro cine: 'Pasaporte a la fama' (1935) - John Ford también sabía hacer comedias


El gran John Ford, maestro del western (‘La diligencia’, ‘Centauros del desierto’…) o del cine social (‘Las uvas de la ira’), también sabía como facturar comedias. En esta última categoría se inscribe ‘Pasaporte a la fama’ (The Whole Town’s Talking, 1935) en la que a un modesto, solitario y tímido contable (Edward G. Robinson) se le complica, para bien y para mal, la vida por su asombroso parecido con un buscadísimo gangster y asesino a sangre fría (naturalmente interpretado también por Edward G. Robinson).

Una muestra de la fascinación que ejerce entre las masas la figura del delincuente más osado y peligroso, muy acentuado en los tiempos de la Norteamérica de los años 30 del pasado siglo, en el que la figura de un gangster popular no tendría nada que envidiar a la del famoso de turno o un superhéroe de ficción.

Entre medio, pequeñas pinceladas críticas de las que no escapa la prensa, siempre al acecho de lo último noticiable o de sacar tajada de cualquier personajillo célebre del momento. También la mediocridad de ese día a día en un empleo anodino como es el gris despacho de oficinistas donde trabaja el protagonista.

Edward G. Robinson es la gran estrella de la función, aquí en su doble caracterización de por un lado el arquetipo de personaje de gangster que le lanzó a la fama, aquí el implacable Manion, de mirada desafiante e intimidatoria; y por el otro como el humilde Arthur Ferguson Jones, rompiendo su imagen de duro, el discreto y servicial oficinista y la clase de tipo que da las gracias por todo.


5 cosas que me han gustado...


El mejor John Ford, el que firmaría algunas de las mejores películas de la historia del cine aún estaba por venir, pero su oficio y talento ya queda certificado con la capacidad de convertir un guión más bien sencillo y previsible, y lo que es un entretenimiento puro y duro, sin más ambiciones, en una obra dignísima. Una comedia amable y altamente entretenida.






A Edward G. Robinson le basta con unos breves cambios de registro y matices, con las modulaciones y tono de voz, para pasar de uno a otro personaje. Curiosa la imagen del tímido contable mirándose en un espejo con la imagen deformada al descubrir su increíble parecido con el considerado enemigo público número 1 del momento.


La presentación de Arthur Ferguson Jones; primero sin verle pero con su jefe autorizándole un aumento de sueldo por su puntualidad durante 8 años de trabajo. El empleado modelo que, precisamente, esa mañana llegará tarde. Luego en su apartamento, tranquilamente amoldado a sus costumbres y rituales matutinos (dar de comer a sus mascotas, poner la bañera, prepararse el desayuno…). Más adelante también veremos a Edward G. Robinson con una vestimenta tan inusual en sus personajes como es un delantal de cocina (hecho que repetiría en 1945 en ‘Perversidad’, de Fritz Lang).


A Jean Arthur le toca el papel de chica de la película, la compañera de trabajo de la que está secretamente enamorado el protagonista. Ella representa todo lo que éste no es: decidida, jovial, amante de la aventura y lo nuevo, desafiante y rebelde… Divertidísima sus breves escenas en la comisaría de la policía siendo interrogada y “confesando” las fechorías cometidas por su amigo respondiendo simplemente una y otra vez su nombre, “Marion” (el buscadísimo gangster), en cada pregunta.


En las buenas películas del Hollywood clásico no podían faltar personajes secundarios con jugo. Aquí destaca el veterano Donald Meek encarnando al disciplinado jefe de Arhtur, un tipo riguroso pero también con su corazoncito. Lo más memorable, los momentos en los que va visitando a Arthur por distintos lugares, incluso en la cárcel, insistiéndole en su deber de terminar los libros de contabilidad de uno de los clientes.



















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