Hoy, vivimos todavía en un mundo de codicia irrefrenable en el que una vez caímos al vacío y del que ahora estamos ya hartos de que nos lo recuerden a diario (en la tele, en los periódicos, en las charlas de charcutería de nuestros pueblos). Cualquiera diría que el momento de rebelarnos, no ya contra lo que se nos ha arrebatado en los últimos años de depresión sino contra el estereotipo que hemos creado y con el que se nos será identificado en el futuro cercano y en el lejano, hace años que pasó de largo. Y sin embargo, la aparentemente invisible furia desatada del hombre de a pie se ha visto típicamente canalizada o bien a través de frustración e impotencia o bien mediante la mayor miserable e irreversible indiferencia. Un pequeño grupo de listos asegura comprender lo que ha sucedido, pero los llamados expertos se alienan del pueblo raso y al final quien puede ayudarnos no se ayuda ni a sí mismo. Así que, a escasez de otras salidas viables, lo que necesita el mundo es un buen par de bofetadas. Y aquí está Martin Scorsese y su El lobo de Wall Street, un par de bofetadas en toda regla.

El lobo de Wall Street es una especie de compendio de todas esas actitudes sociales: las absorbe, las mastica, las revuelve y nos las vuelve a escupir. Es feroz, exuberante, valiente, adrenalínica, extremadamente irritante y gruñe como un animal salvaje. Y, al mismo tiempo, un dardo de punta afilada que da justo en medio de la diana, una ácida y acertadísima sátira que sólo la pirotecnia cinematográfica que la rodea la separa de la realidad más cruda. Basada en hechos y personajes reales, Leonardo DiCaprio interpreta a Jordan Belfort a partir de su autobiografía homónima, un antiguo bróker de bolsa en la cuna del dinero fiduciario, Wall Street, que se hizo a sí mismo desde cero a base del fraude bursátil y el desenfreno, y que hoy en día lleva una vida que es casi tan deleznable como aquélla: la del motivational speaker lava-cerebros que sabe mejor que tú lo que hacer con tu dinero. Por el camino, se topa con el alcohol, el sexo, las drogas y el dinero fácil, cada cual droga más dura que la anterior. El auge, la apoteosis y la caída, otra vez. Una historia, al fin y a cabo, que calza al dedillo para alguien tan curtido en el tema como es Martin Scorsese saque puro oro.


Se trata ésta, así, de una película que suena, sabe y huele a Scorsese. El maestro norte-americano lo tiene fácil, y aún así nos vuelve a aturdir: partiendo de un guión sólido y fascinante de Terence Winter (otro grande, el escritor superdotado responsable de varios de los mejores momentos de Los Soprano y el cerebro detrás de Boardwalk Empire), su realización nos sacude y nos revuelve el estómago durante tres horas en la que asistimos a un torbellino de marcado carácter histriónico en el que se recicla material tanto del viejo como del nuevo Scorsese. Del primero, se revisitan, a menudo subvertidas, las grandes constantes temáticas de su memorable etapa clásica: los peligros de la codicia y el poder de Casino, el viaje de ascenso, caída y reflote de Toro salvaje, la camaradería criminal y los abismos de la adicción de Uno de los Nuestros, la filtración de la realidad a través de los ojos de una de sus más dolidas víctimas de Taxi Driver, la ironía despiadada y el descontrol escarnecido en forma de agria sátira negra de ¡Jo, qué noche!. Del segundo, la perseverancia, después de varios años de silencio tras Infiltrados, por delimitar los parámetros que definen al cine criminal del siglo XXI y, cómo no, un Leonardo DiCaprio que, otra vez, encuentra en Martin Scorsese su válvula de escape y que aquí (des)dibuja un personaje de tal intensidad que el mismo actor ha asegurado que le ha dejado sin aliento, sin apenas ánimos para afrontar nuevos proyectos.

La propuesta es tan potente, de hecho, que produce a ratos un rechazo que es el resultado, por otro lado, de una más que deliberada provocación artística. Su metraje excesivo y alargado, sus múltiples finales en falso, sus volátiles niveles de descontrol y su balanceante equilibrio temático aun en sus muy delimitadas fronteras (de entre tanta esquizofrenia, ni Winter ni Scorsese pierden jamás el pulso de la historia) nos recuerdan que si lo que vemos y oímos duele es sólo porque ha sucedido y nos ha pasado por delante de las narices sin que hayamos hecho nada al respecto. La susodicha bofetada que tanto necesitábamos. Así, El lobo de Wall Street es, también, una fotografía dolorosa que angustia porque de tan distorsionada apela a algo tan real como la vida misma. Un documento de nuestro tiempo que es, todo a la vez, un entretenimiento salvaje, un majestuoso ejercicio de cine y una patada allí donde más duele.

Por Pau Brunet ( La casa de los horrores )


















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